VISION GENERAL DE NOVO MILLENNIO INEUNTE

Carta Apostólica de Juan Pablo II
"Al comienzo del nuevo Milenio"

Texto para la Oración: Lc. 5,1-6

Primero haz una lectura pausada. Después, medita y ora con el texto. Por último saca conclusiones para la acción, para tu vida. (Método de la lectio divina)

"Una vez que la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando El a orillas del lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban junto a la orilla. Los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar dijo a Simón: rema mar adentro, y echad las redes para pescar. Simón contestó: Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes. Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red."

INTRODUCCION:

      Cuando se aborda el estudio de un documento lo primero que hay que señalar es que nada puede sustituir el contacto directo con él. Por eso, recomendar la lectura atenta de esta Carta Apostólica del Papa no es algo superfluo.
      La intención de la misma es clara: "recordar con gratitud el pasado, vivir con pasión el presente y abrirnos con confianza al futuro". Acabamos de celebrar el Gran Jubileo, y Juan Pablo II se muestra agradecido y esperanzado por los frutos que éste haya podido dar a la Iglesia. Por eso nos invita a considerar e interpretar lo que el Espíritu nos ha dicho, para afrontar con valentía el presente, abriendo nuevos caminos de evangelización para el futuro, remando mar adentro.

      Nos ha parecido que la forma más sencilla de presentar una visión general de Novo Millennio Ineunte (Al comienzo del nuevo Milenio), es seguir la estructura del propio documento: cuatro capítulos, con su introducción y conclusión.

1. EL ENCUENTRO CON CRISTO, HERENCIA DEL JUBILEO.

      Este capítulo repasa los principales aspectos y acontecimientos del Jubileo que acaba de terminar. Jubileo que se convocó, en el dos mil aniversario del nacimiento de Cristo, para vivirlo como canto de alabanza a la Trinidad, y como camino de reconciliación y esperanza para la Iglesia y el mundo.
      La encarnación de Jesús, el Hijo de Dios que nos revela al Padre en la plenitud de los tiempos (Heb.1,1-2), ha de ser para el cristiano el mayor motivo de alabanza a Dios. La historia de la salvación alcanza así su culmen, al entrar Dios mismo en la historia del hombre dándole un sentido y una meta a su vida.

      Pero para celebrar este acontecimiento con mayor autenticidad, era necesaria la purificación de la memoria: recordar y pedir perdón por las infidelidades de tantos cristianos que, a lo largo de la historia, han ensombrecido el rostro de la Iglesia. Así seremos más humildes y estaremos más atentos en nuestra adhesión al evangelio.
      Sin embargo, esto no debe impedir ver lo mucho que el Señor ha hecho en nosotros, a lo largo de los siglos, sobre todo por medio de esa gran multitud de santos y mártires. Pudiendo destacar las memorias preciosas de los Testigos de la fe en el siglo XX.

      Las más diversas clases de personas se han dado cita en los numerosos encuentros jubilares. El Papa destaca algunos de ellos:

      Igualmente destaca Juan Pablo II otros acontecimientos que revestían un especial significado:

      Después de tantos aspectos que destacar y recordar, la principal herencia de este Jubileo sería, sin duda, la contemplación del rostro de Cristo, confesado como sentido de la historia y luz de nuestro camino. Y las experiencias vividas deben suscitar en nosotros un dinamismo nuevo, de manera que emprendamos una eficaz programación pastoral posjubilar. Sin olvidar que debemos ser antes que hacer, para lo que es fundamental que nuestra vida esté apoyada en la oración y contemplación.

2. UN ROSTRO PARA CONTEMPLAR.

      El cometido de la Iglesia es reflejar al mundo el rostro de Cristo en cada época de la historia, pero nuestro testimonio sería enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro.

      La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Biblia, principalmente los Evangelios y el resto del Nuevo Testamento, de tal manera que "ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo", como decía S. Jerónimo. En ellas descubrimos la acción del Espíritu, origen de los escritos, y el testimonio de los Apóstoles, quienes tuvieron una experiencia viva y directa de Jesús.

      Los evangelios no son una biografía de Jesús en el sentido de la ciencia histórica moderna, y aunque su intención es principalmente catequética, de ellos emerge el rostro del Nazareno con un fundamento histórico seguro. Así nos relatan los principales acontecimientos de su vida, destacando su unión íntima con el Padre, la predicación del Reino de Dios mediante palabras y signos de misericordia, la tensión creciente con los grupos dominantes de la sociedad religiosa de su tiempo que lo llevaron a morir en la cruz, y la decisiva experiencia de la resurrección de Jesús que hace a los discípulos experimentarlo vivo y presente entre ellos, y sentirse enviados a anunciar el evangelio a todo el mundo, llenos del Espíritu Santo.

      Pero, como a nosotros, a los discípulos tampoco les fue fácil creer. En realidad, sólo la fe pudo hacerles ver el misterio de aquel rostro. A Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe, a través de un camino cuyas etapas nos presenta el evangelio en la conocida escena de Cesarea de Filipo (Mt.16,13-20): "¿quién dice la gente que soy yo?". "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?". La confesión de Pedro llega a la profundidad del misterio: "Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Y eso se lo ha revelado el Padre.
      Sólo dejándonos guiar por la gracia, y mediante la experiencia del silencio y la oración, podemos entender las palabras del evangelista Juan: "Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad" (Jn.1,14).

      En la unión íntima e inseparable de lo humano y lo divino está la identidad de Cristo. En palabras del Concilio de Calcedonia (año 451): "una persona en dos naturalezas". A pesar de los límites de nuestros conceptos y palabras, lo que afirmamos y creemos es que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Y ninguno de los dos aspectos, como ha sucedido en la historia y sucede hoy, puede ocultar o desfigurar al otro.
      Pero además de revelarnos el rostro del Padre, Cristo nos revela también el auténtico rostro del hombre, y manifiesta plenamente el hombre al propio hombre (GS 22). Jesús es el "hombre nuevo" (Ef.4,24), y sólo porque él se hizo verdaderamente hombre, nosotros podemos llegar a ser realmente hijos de Dios.

      Termina el Papa este capítulo reflexionando sobre el rostro del Hijo: doliente, resucitado, en los pobres.

3. CAMINAR DESDE CRISTO.

      "¿Qué hemos de hacer, hermanos?" (He.2,37). Esta pregunta hecha a Pedro después del discurso de Pentecostés, es también dirigida hoy a toda la Iglesia.
      Y no se trata de pensar en que una formula o un nuevo programa pastoral van a ser los que nos salven. El programa ya existe, como ha existido siempre: el Evangelio de Jesús. Y la fuerza inspiradora de nuestro camino ha de ser la presencia del Resucitado entre nosotros.
      Pero hemos de tener en cuenta el tiempo y la cultura en que vivimos, para un verdadero dialogo y una comunicación eficaz del mensaje evangélico.

      Por eso también es necesario un programa que formule las orientaciones pastorales adecuadas a las condiciones de cada comunidad. En las Iglesias locales es donde se pueden establecer aquellas condiciones programáticas concretas -objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización de los agentes de pastoral, y la búsqueda de los medios necesarios- que permitan que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente, mediante el testimonio de los valores evangélicos, en la sociedad y cultura actuales.
      Nos espera una apasionante tarea de renacimiento pastoral. Una obra que implica a todos los cristianos.

      Después, Juan Pablo II señala, como punto de referencia y orientación común, algunas prioridades pastorales:

  1. La santidad.- Como se desprende del capítulo V de la Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, dedicado a "la vocación universal a la santidad", poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa descubrir a la Iglesia como misterio de comunión, y expresar la convicción de que, desde el Bautismo, el cristiano se pone en el camino del Sermón de la Montaña: "Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial" (Mt.5,48).
          Pero este ideal no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos genios. Los caminos a la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno.
     
  2. La oración.- Es preciso y urgente aprender a orar, como aprendieron los discípulos de Jesús: "Señor enséñanos a orar" (Lc.11,1). Aprender la lógica trinitaria de la oración cristiana, viviéndola plenamente ante todo en la liturgia, cumbre y fuente de la vida eclesial, pero también en la experiencia personal, es el secreto de un cristianismo realmente vital.
          Nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas escuelas de oración, donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración y contemplación.
     
  3. La eucaristía dominical.- La participación en la Eucaristía ha de ser para cada cristiano el centro del domingo. Este es el día especial de la fe, día del Señor resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua de la semana. La Eucaristía dominical, congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios en torno a la mesa de la Palabra y del Pan de vida, es el lugar privilegiado donde la comunión eclesial es anunciada y cultivada constantemente.
     
  4. El sacramento de la reconciliación.- La crisis en que se encuentra este sacramento es evidente para todos. Por eso es necesario que tengamos confianza, creatividad y perseverancia en presentarlo y valorizarlo. No hemos de olvidar que a través del sacramento de la penitencia el cristiano obtiene el perdón de los pecados, y descubre a Cristo como el corazón misericordioso del Padre que nos reconcilia con él y con los hermanos.
     
  5. La primacía de la gracia.- No podemos pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino, pero no debemos olvidar que, sin Cristo, "no podemos hacer nada" (Jn.15,5).
     
  6. La escucha de la Palabra.- Desde que el Concilio Vaticano II ha subrayado el papel preeminente de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia, se ha avanzado mucho en la asidua escucha y en la lectura atenta de la Sagrada Escritura. Hay que consolidar y profundizar esta orientación, incluso a través de la difusión de la Biblia en las familias. Es necesario que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición de la lectio divina, que permite encontrar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia.
     
  7. El anuncio de la Palabra.- Alimentarnos de la Palabra para ser servidores de la Palabra, en el compromiso de la nueva evangelización, porque "¡ay de mí si no predicara el evangelio!" (1Cor.9,6). Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez es más variada y comprometida, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas que la caracteriza. El cristianismo del tercer milenio debe responder cada vez mejor a esta exigencia de inculturación, atendiendo las necesidades de cada uno, principalmente de los jóvenes, por lo que se refiere a la sensibilidad y al lenguaje, sin rebajar las exigencias del mensaje evangélico.

4. TESTIGOS DEL AMOR.

      Nuestra programación pastoral habrá de inspirarse en dos realidades íntimamente unidas, la comunión y el amor fraterno, expresadas en el mandamiento nuevo que Jesús nos dio: "que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros" (Jn.13,34).
      La comunión es el fruto y la manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón del Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da. Muchas cosas serán necesarias a la Iglesia en este milenio que comienza, pero si faltara el amor todo sería inútil (1Cor.13,2). Realizando esta comunión de amor, la Iglesia se manifiesta como sacramento, es decir, como signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano (LG 1).

      A continuación señala el Papa cómo hemos de vivir esa comunión en el amor, en sus dos vertientes: hacia dentro en la propia Iglesia, y hacia fuera en el mundo.

Dentro de la propia Iglesia:

En relación con el mundo:

      Concluye este capítulo Juan Pablo II recordando que en la preparación del Jubileo pidió a la Iglesia que se interrogase sobre la acogida del Concilio. Es necesario leer el Vaticano II de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados sus textos como cualificados y normativos del Magisterio. El Concilio ha sido la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX.

CONCLUSION.

      Termina el Papa su Carta Apostólica con palabras de ánimo y confianza: ¡Rema mar adentro! (Duc in altum!). No olvidemos las palabras de Jesús, y caminemos con esperanza hacia los nuevos retos que se abren ante la Iglesia. "Id y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt. 28,19).

      El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los primeros cristianos. Para ello contamos con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy a partir animados por la "esperanza que no defrauda" (Rom. 5,5). Nos acompaña en este camino la Virgen María, "Estrella de la nueva evangelización".

      Que Jesús resucitado, que va con nosotros como con los discípulos de Emaús, nos encuentre preparados para reconocer su rostro, y así poder comunicar a los demás nuestro gran anuncio: ¡Hemos visto al Señor! (Jn. 20,25).